El primer posteo sobre política de mi blog. En este caso, se trata de una columna que escribí hace unas semanas, justo en pleno conflicto por el estado edilicio de las escuelas públicas en la ciudad. Para ubicarlos bien en el tiempo, les comento que el momento en que redacté estas líneas (el presente de enunciación, dirían profesores de Lengua) fue un día donde hubo una importante movilización de estudiantes para ver al Ministro de Educación.
Hecha esta aclaración, doy paso a la nota que motiva este posteo.
En el día de ayer, se ha escrito un nuevo capítulo de la crisis educativa que atraviesa la Ciudad de Buenos Aires, cuando cerca de mil estudiantes secundarios, terciarios y universitarios marcharon desde el Palacio Pizzurno hasta el Ministerio de Educación Porteño para entrevistarse con Esteban Bullrich, el titular de esa cartera. Cabe recordar que el conflicto comenzó el mes pasado con los reclamos seguidos de toma de algunos colegios públicos como el Manuel Belgrano ante problemas serios en las construcciones, y con el correr de los días la medida tuvo eco en muchos establecimientos en situaciones similares.
Hasta este momento, son 28 las escuelas tomadas por los alumnos, además de las facultades de Ciencias Sociales, y Filosofía y Letras de la UBA e institutos terciarios como el IUNA. Si bien en un primer momento, los reclamos tuvieron como eje la emergencia edilicia que ocurre en los establecimientos, esta discusión ha servido para poner sobre el tapete otra cuestión muchas veces dejada de lado por los principales medios, se trata del presupuesto destinado a la Educación Pública.
Uno de los aspectos de los que menos se ha hablado de la gestión de Mauricio Macri es quizás uno de los más preocupantes, la manera en que se han subejecutado los fondos destinados a las escuelas, por lo que se ha usado menos del 10% del presupuesto originalmente sancionado para el área. Evidentemente, los colegios no son una preocupación en la agenda de un mandatario que subió al Poder apoyado en pilares como la seguridad y el tránsito. Seguramente se ha destinado en la práctica más dinero a repavimentar calles, por ejemplo, que al plano educativo.
Una cuestión que es inevitable plantearse es la siguiente: Por qué estos funcionarios no tienen como una prioridad el mantenimiento de los colegios estatales. Posiblemente sea porque todos son egresados de la educación privada. No es que necesariamente sea un defecto que el Jefe de Gobierno Porteño provenga de la actividad empresarial, si no fuera porque desde la administración de la ciudad ha favorecido a la educación privada, en detrimento de la escuela pública, que ha sufrido un vaciamiento importante. Evidentemente la mayoría de sus votantes envían a sus hijos a colegios pagos, sino no se entendería este accionar.
Por último, un tema no menos importante es el desprecio que el Jefe de Gobierno y sus funcionarios hacen cotidianamente de “la política”. En diferentes apariciones en público, buscan deslegitimar a los jóvenes que reclaman activamente porque “politizan la cuestión”. Sería interesante que estos dirigentes entendieran que, en tanto y en cuanto el sector educativo es regido por disposiciones de un ministerio, es absolutamente indisociable de la política.
En todo caso, los estudiantes que se manifiestan lo que hacen es ocupar un lugar que dejan vacante los responsables estatales que deberían proveer políticas satisfactorias. De todos modos, ese ninguneo a la expresión militante de los alumnos parece ser típico de un sector político que no entiende de convicciones ideológicas legítimas. Para ellos todo debería regirse por reglas impuestas desde arriba, solo se podría acatar sin derecho alguno a la participación. Casi tan absurdo como pretender que todas las actividades se desarrollen según leyes de mercado.